Sobre la Eneida



Sobre la Eneida

O Eneida, la historia de un grupo de sobrevivientes que abandonan su ciudad destrozada para buscar otro hogar en un pa√≠s lejano, trata sobre el renacimiento, sobre la vida que brota de la ruina y la muerte. Es sobre todo una ficci√≥n cuyo tejido narrativo, tejido de mito y leyenda, traza un patr√≥n que aparece en los mitos m√°s profundos que ata√Īen a la eterna b√ļsqueda del esp√≠ritu humano por la autoperpetuaci√≥n. Sin embargo, debemos tener en cuenta que los contempor√°neos de Virgilio ve√≠an la epopeya bajo una luz completamente diferente. Debido a que los hechos que suceden en el poema han sido narrados de generaci√≥n en generaci√≥n, han adquirido la apariencia de una verdad incuestionable.

Mucho antes de la √©poca de Virgilio, a los romanos les gustaba creer que entre sus antepasados ‚Äč‚Äčestaban los legendarios troyanos, quienes, bajo el liderazgo de Eneas, navegaron desde Troya en Asia Menor (actual Turqu√≠a) hacia el oeste a trav√©s del mar Mediterr√°neo hasta Italia y se asent√≥ en Lazio, sede de la futura Roma. Esta leyenda del viaje de Eneas, que los romanos elaboraron para sus propios fines patri√≥ticos, fue registrada ya en el siglo V a. C. por un griego hel√©nico de Lesbos. En el siglo siguiente, otro griego, Timeo, cont√≥ c√≥mo Eneas estableci√≥ la ciudad de Lavinio, a la que se hace referencia a principios del siglo XVI. Eneida.

Seg√ļn la leyenda romana, Roma misma fue fundada en el 753 a. C. por uno de los descendientes de Eneas, R√≥mulo, quien, con su hermano gemelo Remo, era hijo de Marte, el dios de la guerra, y la virgen vestal Rea Silvia. Para explicar el desfase temporal entre la fecha de la ca√≠da de Troya, que un historiador romano ha fijado en 1184 a. C., y la fecha de fundaci√≥n de la ciudad, se ha imaginado que entre estas dos fechas intervinieron varias generaciones de reyes, entre ellas la de Eneas. hijo, Ascanius, tambi√©n conocido como Iulus, y Numitor, el abuelo de R√≥mulo y Remo.

De hecho, los romanos descend√≠an de tribus indoeuropeas que llegaron al sur a trav√©s de los Alpes hasta Italia, quiz√°s ya a mediados del segundo milenio a. C. Roma, aunque comenz√≥ a existir en el siglo atribuido por la leyenda, fue inicialmente una confederaci√≥n de pueblos. .de pastores. Hasta el 509 a. C., esta coalici√≥n de pueblos estuvo gobernada por reyes, algunos de los cuales eran etruscos, miembros de una tribu que supuestamente proced√≠a de Asia Menor, como se supon√≠a que hab√≠an hecho los legendarios troyanos. Sin embargo, en el 509 a. C., cuando el √ļltimo rey etrusco, Tarquinio el Orgulloso, fue depuesto y Roma se convirti√≥ en rep√ļblica, los etruscos fueron derrotados y posteriormente su poder declin√≥. En el EneidaLos guerreros etruscos, rebel√°ndose contra su malvado rey, Mezentius, luchan junto a los troyanos en su guerra contra los latinos.

Este ejemplo de un pueblo real que desempe√Ī√≥ un papel real en el desarrollo temprano de Roma, librando una guerra que solo puede considerarse esencialmente ficticia, ofrece un ejemplo de c√≥mo la leyenda y la historia podr√≠an coexistir f√°cilmente en la mente romana. Virgilio probablemente asumi√≥ que sus lectores contempor√°neos considerar√≠an verdaderas las principales leyendas de sus or√≠genes nacionales, las que rodean a Eneas, y que recordar√≠an el Libro XX de Homero. Il√≠adaen el que Eneas, tras jactarse de su ilustre linaje desde Aquiles y luego entablar combate contra el m√°s grande de los guerreros griegos, es rescatado de una muerte segura por el dios del mar Poseid√≥n -el Neptuno romano- porque se hab√≠a profetizado que Eneas ser√≠a el l√≠der de los supervivientes troyanos.

No s√≥lo la literatura griega, sino tambi√©n la religi√≥n griega, era familiar para los romanos, quienes, durante los siglos III y II a. C., la fusionaron con la suya, identificando las deidades italianas con las griegas hasta el punto de considerar a estas √ļltimas como las igual. . excepto bajo diferentes nombres griegos. Los lectores contempor√°neos de Virgilio estaban completamente familiarizados con las personalidades y haza√Īas de los dioses y diosas, quienes generaron gran parte de la acci√≥n en la guerra de Troya y proporcionaron el alma de tantas otras leyendas y mitos griegos.

Por lo tanto, cuando Virgilio, en la secci√≥n de apertura de la Eneidacita el ¬ęjuicio que dio Par√≠s¬Ľ – ‚Äč‚Äčel judicium paridis, en lat√≠n, como la raz√≥n del implacable odio de Juno hacia los troyanos, sus lectores habr√≠an entendido de inmediato esta alusi√≥n maravillosamente sucinta, que ayud√≥ a explicar por qu√© Juno, la reina de los dioses, ser√≠a un oponente formidable a lo largo del poema √©pico. El juicio de Par√≠s, que se refer√≠a a la entrega de una manzana de oro -premio de una especie de divino concurso de belleza presidido por Paris, hijo del rey Pr√≠amo de Troya y la reina H√©cuba-, desemboc√≥ en la Guerra de Troya y, por tanto, en la ca√≠da de Troya y, por extensi√≥n, a la fundaci√≥n de Roma.

La manzana dorada, con la inscripci√≥n ¬ęPara la m√°s bella¬Ľ, era en s√≠ misma una bagatela, pero produc√≠a efectos de gran alcance porque actuaba como un acicate para las pasiones de humanos e inmortales por igual. Molesta por no haber sido invitada a una boda, Eris, la diosa de la discordia, arroj√≥ la manzana entre los invitados reunidos, desatando una pol√©mica entre las tres diosas presentes: Venus, la diosa del amor; Juno, la reina de los dioses; y Minerva, la diosa de la sabidur√≠a, cada una de las cuales cre√≠a que la inscripci√≥n en la manzana solo pod√≠a referirse a ella misma.

Par√≠s, que hab√≠a sido designada por J√ļpiter para pronunciar juicio sobre el asunto, otorg√≥ la manzana a Venus, quien a cambio de este favor le prometi√≥ la mujer m√°s hermosa del mundo, recompensa que √©l, reputado como el hombre m√°s hermoso del mundo. el mundo. el mundo, valorados m√°s que los ofrecidos por Juno y Minerva – poder mundano y victoria en la guerra, respectivamente. Juno tom√≥ el juicio de Par√≠s como un insulto personal que hiri√≥ su vanidad y agrav√≥ un profundo antagonismo, ya que sab√≠a que su ciudad favorita, Cartago, estaba destinada a ser arrasada por Roma y sus ciudadanos vendidos como esclavos.

La mujer que París ganó fue Helena, esposa del griego Menelao, rey de Esparta. Cuando Paris y Helen huyeron, Menelao trató pacíficamente de que se la devolvieran. Sin embargo, cuando estos intentos fracasaron, él y su hermano, Agamenón, rey de Micenas, reunieron una flota de mil barcos y un ejército masivo, y comenzó la guerra contra Troya.

El amargo odio que exist√≠a entre los griegos y los troyanos parec√≠a demasiado grande para que Virgilio lo explicara sin incluir una raz√≥n sobrenatural para ello. Vuestros lectores contempor√°neos estar√°n seguros de que cuando, en el Libro IV, la reina Dido de Cartago maldice a los troyanos y pide un h√©roe para vengar el abandono de Eneas, se refiere sin saberlo al gran general cartagin√©s An√≠bal, que con sus guerreros y elefantes arras√≥ a Italia durante m√°s de catorce a√Īos durante la Segunda Guerra P√ļnica. En total, hubo tres Guerras P√ļnicas entre Cartago y Roma: la Primera Guerra P√ļnica (264-241 a. C.), la Segunda Guerra P√ļnica (218-201 a. C.) y la Tercera Guerra P√ļnica (149-146 a. C.), que termin√≥ con La destrucci√≥n de Cartago. Para los lectores de Virgilio, estas tres guerras habr√≠an parecido el cumplimiento, en tiempos muy posteriores, de la maldici√≥n de Dido.

En los a√Īos posteriores a la destrucci√≥n de Cartago, Roma libr√≥ una guerra victoriosa contra las potencias extranjeras que se interpusieron en su irresistible camino hacia la dominaci√≥n, en particular los reinos que formaban parte del imperio de Alejandro Magno: Siria, Macedonia y Egipto. Las guerras contra Macedonia, cuatro en total, finalmente pusieron a Grecia bajo el control total de Roma.

Estas guerras aumentaron considerablemente el poder y la riqueza de Roma, pero en casa la rep√ļblica entr√≥ en un per√≠odo de desorden civil al que se han atribuido muchas causas. Estos incluyen la inflaci√≥n; el monopolio de la agricultura por parte de ricos terratenientes en detrimento de los peque√Īos agricultores; el clamor por la ciudadan√≠a romana por parte de los italianos no romanos; la devastaci√≥n de Italia durante la Segunda Guerra P√ļnica; la corrupci√≥n de los gobernadores de las nuevas provincias; y, lo que es m√°s importante, la expansi√≥n de la propia Roma, de una peque√Īa ciudad-estado a un imperio demasiado grande para ser administrado por el antiguo tipo de gobierno republicano en el que dos c√≥nsules, elegidos cada a√Īo, ejerc√≠an el poder entre ellos, cada uno con la derecho a vetar las decisiones del otro.

En los √ļltimos d√≠as de la rep√ļblica romana, una serie de l√≠deres ambiciosos y brutales lucharon por el control del estado, pero ninguno pudo resolver los problemas de Roma o establecer un poder duradero para ellos y su facci√≥n de seguidores. Entre estos aspirantes a gobernantes se encontraban los tres miembros del Primer Triunvirato, Craso, Pompeyo y Julio C√©sar, quienes en el 49 a. C. marcharon sobre Roma con sus legiones y al a√Īo siguiente derrotaron a Pompeyo, quien se convirti√≥ en su rival; y el Segundo Triunvirato de Marco Antonio, L√©pido y Octavio, que finalmente gan√≥ poder por s√≠ mismo en el 31 a. C. despu√©s de derrotar a las fuerzas combinadas de Antonio y Cleopatra, Reina de Egipto, en la Batalla de Actium.

Octavio, el primer emperador de Roma, a quien el Senado romano nombr√≥ oficialmente Augusto, que significa ¬ęvenerado¬Ľ, en el 27 a. C., fue tan cruel y sin escr√ļpulos como cualquiera de los otros buscadores de poder cuando ciment√≥ su posici√≥n. Capaz de traer orden donde otros l√≠deres hab√≠an fallado, reorganiz√≥ la burocracia romana y abri√≥ su membres√≠a a hombres comunes, libertos e incluso esclavos. Enmascar√≥ h√°bilmente su poder, que era absoluto, manteniendo las antiguas formas de gobierno republicano.

Virgilio, que madur√≥ como poeta mientras la rep√ļblica estaba en su apogeo, anhelaba la paz que Augusto prometi√≥ y finalmente trajo, y apoy√≥ de todo coraz√≥n las pol√≠ticas del Emperador. La aparici√≥n simult√°nea de estas dos figuras en el escenario mundial, el hombre de poder capaz de inspirar al hombre de genio po√©tico, result√≥ en la Eneidacuyo objetivo principal era recordar a sus lectores originales el pasado heroico del que se cre√≠a que hab√≠a surgido Roma, y ‚Äč‚Äčdespertar esperanzas en un futuro igualmente heroico.

(Todas las citas son de la traducción de Robert Fitzgerald, la Eneidapublicado por Random House, 1983.)



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