El uso del tiempo cíclico y el destino.



Ensayos críticos El uso del tiempo y el destino cíclico

Aureliano Segundo entra en la mitad de la novela, poco antes de morir, recordando hechos que aún no han sido narrados. Llegamos a conocer su historia, entonces, como un futuro retrospectivo paralelo al comienzo de la trama principal de la novela. Esta inversión cronológica de las diversas tramas de la novela es una técnica estándar de flashback, pero en manos de García Márquez, la técnica siempre deja a los personajes un poco tristes, incluso en las escenas más cómicas. Los gemelos Segundo, por ejemplo, comparten destinos cíclicos y paralelos, pero el lector siempre está consciente de que cumplirán el legado Macondo de precursores trágicos, condenados al fracaso y la soledad, aunque logren perpetuar la línea Buendía. En los desastres recurrentes de Macondo, la supervivencia del linaje Buendía se convierte menos en una esperanza que en una maldición, y sólo la locura permite escapar de la desesperación de una tragedia inevitable. Al enloquecer, el patriarca, José Arcadio Buendía I, puede así enmendar sus errores pasados ​​haciéndose amigo de una de sus víctimas de asesinato que se convirtió en un fantasma, y ​​a lo largo de su vida, transformando a Macondo en una comunidad perfecta y solitaria; en resumen, la locura tiene sus propias necesidades y realidades lógicas y, en cierto modo, puede que no sea del todo involuntaria. En la medida en que uno pueda cultivar una visión demente del mundo, es muy probable que la locura sea ocasionalmente una adaptación a una condición o estado mental intolerable. En otras palabras, la locura puede liberar a una persona de las limitaciones sociales y los valores de percepción de las personas sanas. Su tragedia, sin embargo, radica en una conclusión señalada por el psicólogo escocés RD Laing: «incluso un mundo loco tiene su propio conjunto de reglas tiránicas». Ahí radica el fracaso del loco José Arcadio Buendía I.

En el mundo «real» de Macondo, las profecías escritas por Melquíades acaban convirtiéndose en leyes; la historia, como la ley última, es reversible y por lo tanto debe repetirse. José Arcadio I trata de escapar de las profecías del manuscrito de pergamino, sabiendo todo el tiempo que ya se han cumplido en otro idioma (la vida). El lector, por supuesto, sabe que las profecías son el argumento de la novela; sin embargo, hay que leer la novela para saber cómo se desarrolla la trama, como lo hizo José Arcadio I y, en un sentido metafísico más amplio, todas las personas deben vivir su vida en la certeza de la muerte inevitable. Es de especial significado mencionar aquí que el último Buendía adulto se da cuenta, cuando está a punto de completar la traducción del manuscrito en pergamino, de que asegura la destrucción de Macondo y los Buendía al imbuir vida, en el acto del descubrimiento, con cosas que ya estaban allí muertas.

El final de la novela es parcialmente ambiguo porque se nos dice que todo en el manuscrito de pergamino era irrepetible pero predicho, y que no hay historia hasta que la estamos leyendo. Leer ficción hace reales los símbolos de la vida. Esta conclusión es a la vez expresión del sentido del humor del autor y de su filosofía de vida, pues en Macondo la vida continúa de generación en generación a través de una especie de traducción del mismo mensaje, de los mismos hechos y de los mismos personajes. El Coronel se embarca en una vida de rebeldía política por el mismo vago temor al destino que obsesionaba a su padre. Y la misma sensación de desesperación frenética, la sensación de que las cosas siempre han estado fuera de control, surge en la hija del patriarca Amaranta. Después de que la Muerte le pide que comience a hacer su sudario en un día determinado, ella se detiene con la esperanza de que al prolongar su tarea, de alguna manera pueda retrasar el día en que morirá. En la fecha límite, sin embargo, abraza su destino como si, al hacerlo, eligiera libremente lo que le sucederá, independientemente de su inevitabilidad. Es discutible la cuestión de si somos o no libres de elegir aceptar un destino inevitable. los personajes en 100 Cien años de soledad solo parecen locos cuando creen que pueden cambiar su destino; en retrospectiva, sin embargo, muchos personajes históricos aparecen de la misma manera, una visión quizás mejor resumida en el dicho «Nada cambia realmente».



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