Coronel Aureliano Buendía



Análisis del personaje Coronel Aureliano Buendía

Después de rendirse al gobierno, el Coronel rechaza una pensión y se retira a su ocupación de hacer peces de colores de metal y escribir poesía. Más tarde, cuando Macondo es sometido a la explotación de una empresa bananera de propiedad estadounidense, y cuando el gobierno rompe la promesa de pensiones a sus antiguos camaradas, el Coronel se indigna y trata sin éxito de fomentar otra rebelión. Una vez más, se le deja hacer peces de colores, pero esta vez, la humillación de la derrota ya no se disfraza. Muere orinando en el patio de su casa, alienado y solo en la soledad de otros héroes que su patria ha olvidado.

Por un tiempo, la presencia del Coronel continúa en forma de una calle que lleva su nombre. Sus diecisiete hijos, después de ser indeleblemente manchados con cruces de ceniza anteriores a la Cuaresma, reciben sistemáticamente un disparo en la frente. El último en morir, Aureliano Amador, logra sobrevivir a las escenas finales de la novela, pero también corre la misma suerte. Los asesinatos de los hijos del Coronel resaltan la increíble capacidad de supervivencia del Coronel. Escapa de catorce atentados contra su vida, setenta y tres emboscadas, un pelotón de fusilamiento, una dosis letal de estricnina y un intento de suicidio. A diferencia de José Arcadio Buendía I, su padre, que continúa en la novela después de la muerte como un fantasma que sólo ve Úrsula, el Coronel desaparece de la memoria. Su presencia se siente más tarde, sin embargo, cuando se nos dice que el último Buendía adulto, Aureliano Babilonia, se parece físicamente a él; y se convierte, por así decirlo, en coronel cuando entra en un burdel zoológico regentado por una señora, Pilar Ternera, que tiene ciento cuarenta y cinco años.

El coetáneo y amigo de Aureliano, Gabriel Márquez, es nieto del coronel Gerineldo Márquez, y este último también recuerda al coronel por su abuelo. En este punto desapareció la calle que lleva el nombre del Coronel Aureliano Buendía. Sólo se le tomó una fotografía, el daguerrotipo Buendías. El Coronel sobrevive más como leyenda que como historia cuando muere el último Buendía y Macondo es arrastrado por un huracán.

Antes, con la muerte del Coronel, Macondo ya había sido golpeado hasta el punto de desplomarse. Su heroísmo y gran compasión en realidad no marcaron una diferencia real para la ciudad. Su tragedia es que estaba destinado a causar la muerte y el sufrimiento de las personas que más quería salvar. En última instancia, tus batallas e incluso tu existencia no tienen sentido. Al final de la novela, la calle que lleva su nombre ha desaparecido. La única fotografía que se le ha hecho, el daguerrotipo de la familia Buendía, también casi ha desaparecido. Así, su soledad se convierte en un futuro casi retrospectivo, un destino cíclico. A través de tu personaje está la sugerencia de una acción no resuelta que no se puede completar. Está encantado, por así decirlo, contra la muerte violenta, pero no, como observó el crítico Michael Wood, morir (Foro Colombia, Verano de 1970, vol. XIII, N° 2). Cuando muere, su recuerdo es sólo un recuerdo. Nada termina para ninguno de los personajes, en realidad, excepto la vida misma. El Coronel vive como un recuerdo en la memoria de Aureliano, su amigo Gabriel Márquez y Pilar Ternera.

La vida mítica del Coronel sirve como un escape del inevitable destino duro y trágico que encuentra. Pero su saga revela un perdurable espíritu de aventura que impregna al clan Buendía, invocado constantemente por artificios y patrones recurrentes. Además de la genealogía, existe la memoria repetitiva, como lo atestiguan los mismos nombres, generación tras generación. José Arcadios son impetuosos, impulsivos y vigorosos; los aurelianos son recluidos, lúcidos y solitarios. Las mujeres son, como Úrsula, o fuertes y avispas, o, como Remedios, frágiles y sensuales.



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