Capítulo VIII



Resumen y Análisis Parte 1: Capítulo VIII

Resumen

Al amanecer, los dos viajeros se encuentran en una llanura salpicada de treinta o cuarenta molinos de viento. Don Quijote está eufórico. —Mira, amigo Sancho —grita—, la suerte me ha dado treinta o cuarenta gigantes para enfrentarlos. Cuando estén muertos, podremos reclamar el despojo que le corresponde de nuestra conquista. El ingenuo escudero pregunta: «¿Qué gigantes?» pero Don Quijote, cubierto con su escudo y lanza apoyada, ya había empujado a Rosinante adelante. Dirige su arma hacia la vela giratoria del primer molino de viento, pero el movimiento rompe la lanza y arroja al caballo y al jinete a una buena distancia. «¡No te dije que son molinos de viento!» grita Sancho, corriendo a su rescate. Don Quijote dice que es realmente desafortunado, ya que el mismo nigromante maldito que le quitó los libros y los estudios ahora lo ha privado de la victoria al convertir a estos gigantes en molinos de viento.

Encontrando finalmente un lugar donde descansar para pasar la noche, Sancho cae en un profundo sueño mientras Don Quijote permanece despierto, meditando hasta el amanecer sobre su amada Dulcinea del Toboso, a imitación de lo que leyó en los libros de caballerías. Otra aventura se presenta a la mañana siguiente. Se acercan dos monjes a lomo de mula, seguidos de un carruaje, al que sigue una escolta a caballo y algunos arrieros. Diciéndole a Sancho que son dos nigromantes negros que llevan a una princesa angustiada, el caballero desafía y ataca al primer monje. Escapa de la muerte lanzándose desde su mula, mientras que su compañero huye tan rápido como puede ir su bestia. Sancho, recién graduado en caballería, comienza a desnudar al fraile caído, pero los dos arrieros lo detienen y le dan una paliza también. Don Quijote está ocupado en este momento presentándose a la dama del carruaje. Su caballero-escudero, un hombre de Vizcaya, se ofende y los dos hombres comienzan una pelea épica.

Análisis

Rápidamente, con muchas aventuras, Don Quijote se lanza a su carrera de fe como caballero andante. Sancho también es elegido, porque si puede soportar la aventura de los molinos de viento y seguir apegado a su amo loco, puede ser leal a aventuras aún más extravagantes.

El combate con el molino de viento es rico en simbolismo. No importa si la maquinaria pesada representa instituciones humanas brutales que necesitan ser atacadas, o tradiciones antiguas que deben ser cuestionadas nuevamente, o gobiernos totalitarios que exigen renovación por revolución, o burocracia atacada por demandas individuales. Lo que importa es que sólo un acto de voluntad positivo es capaz de atacar cualquier cosa, y el éxito o el fracaso no tienen importancia. «Tu triunfo, mi Don Quijote», escribe Unamuno, «ha sido siempre un triunfo de la osadía, no del éxito». Don Quijote no sólo sale victorioso porque se atreve; él siempre es espiritualmente triunfante también. Tiene una habilidad estoica para ignorar sus defectos físicos y está dispuesto a seguir sus aventuras después de una ligera recuperación.



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